Yo soy la Vid vosotros los pámpanos el que permanece en mí y yo en él éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer.
lunes, 11 de febrero de 2013
viernes, 11 de enero de 2013
Enfrentar la derrota
Jehová respondió a Josué: ¡Levántate! ¿Por qué te postras así sobre tu rostro? Josué 7.10
Sospecho que nuestras derrotas son mucho más serias para nosotros que para el Señor. No hemos sido preparados para vivir con el fracaso, pues nuestra cultura demanda que avancemos siempre de victoria en victoria. Cuando, ocasionalmente, experimentamos la derrota en proyectos y situaciones ministeriales, nuestra autoestima se ve afectada y fácilmente nos envuelve una nube de desánimo y pesimismo.
Los israelitas, eufóricos por el tremendo triunfo que Dios les había concedido sobre la indestructible fortaleza de Jericó, se habían lanzado confiadamente a conquistar un pueblito que no tenía ni la décima parte del tamaño de Jericó. Cuán rápidos somos para adueñarnos de las victorias que nos ha concedido el Señor. Intoxicados por la derrota de Jericó, los israelitas vieron como presa fácil el próximo objetivo militar de la conquista, el pueblo de Hai.
Bien conocemos la humillante derrota que sufrieron en ese lugar. Y la derrota nunca es tan amarga y difícil de digerir como cuando estábamos seguros de que todo iba a ser un mero trámite. Josué se sintió profundamente desilusionado, hasta traicionado. Se tiró en el piso y exclamó con amargura: «¡Ojalá nos hubiéramos quedado al otro lado del Jordán!» (Jos 7.7).
En tiempos de derrota podemos perder mucho tiempo lamentándonos por las decisiones tomadas. No hay duda que es importante aprender de los errores cometidos. Sin embargo, todas las recriminaciones del mundo no pueden deshacer lo que ha ocurrido. Cuando estamos tumbados, debemos ponernos de pié y resolver lo más rápido posible la situación que nos llevó a caer. Por esta razón, el Señor le preguntó a Josué: «¿por qué te postras así sobre tu rostro?» (Jos 7.10). Lo animó a levantarse y hacer lo que tenía que hacer: limpiar al pueblo de su pecado.
Cuando usted cae, el enemigo quiere que usted se mantenga allí, sintiendo lástima por sí mismo y renegando por la situación que vive. Su Padre celestial, sin embargo, lo quiere otra vez en pie. Si hay cosas que confesar, confiéselas. Si hay personas que enfrentar, enfréntelas. Si hay situaciones que corregir, corríjalas. Pero no pierda mucho tiempo lamentándose por los acontecimientos que le han tocado vivir.
Richard Foster, en su excelente libro La Oración nos recuerda: «Cometemos errores -muchos de ellos; pecamos, nos caemos, y con frecuencia- pero cada vez nos levantamos de nuevo y comenzamos otra vez... Y una vez más nuestra insolencia y obsesión con nosotros mismos nos derrota. No importa. Confesamos y comenzamos de nuevo... y de nuevo... y de nuevo».
Para pensar:
Sea enérgico en las situaciones donde sus sentimientos lo invitan al desánimo. Su gente necesita ver que usted no es una persona que pueda ser fácilmente derrotada. No se trata de dar la apariencia de ser invencible, sino de actuar decididamente a la hora de manejar los contratiempos de esta vida. Todos pasamos por situaciones adversas. Pero el líder espiritual se caracteriza por no permitir que esas situaciones condicionen su avance hacia las metas que el Señor le ha trazado.
Ahora soy tu papá
Lectura bíblica: Romanos 8:14–17
Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Romanos 8:14
Amanda nunca había conocido a su papá. Éste había abandonado a su mamá antes de nacer ella.
La vida con mamá era requetebuena, y por muchos años Amanda no se preocupó porque no tenía papá. Después apareció Mauricio. Empezó a cortejar a la mamá de Amanda cuando Amanda tenía 12 años. Ahora tenía 14, y la pareja se había casado hacía dos meses. Amanda quería a Mauricio como si fuera el padre que nunca tuvo. Siempre había creído que sería demasiado pedirle a Dios un papá, pero Dios se lo había dado. Y Mauricio era increíble. Era bueno, divertido y muy consagrado a Dios.
Aun así, un oscuro temor persistía en un rincón del cerebro de Amanda. Estaba preocupada de que un día también Mauricio la abandonaría. ¿Por qué no? Su verdadero papá lo había hecho. No había nada que obligara a Mauricio a asumir las responsabilidades del padre de Amanda. Podía dejarla cuando quisiera, y ella no podía hacer nada para impedirlo.
Un día Mauricio y la mamá de Amanda la llevaron a cenar y le contaron algo que habían decidido aun antes de contraer matrimonio. Le dijeron que era importante para ellos que Mauricio adoptara legalmente a Amanda. Pensar en esta posibilidad la aterrorizaba y al mismo tiempo la emocionaba. Si él realmente lo hacía, sería legalmente su padre. Por fin tendría un papá de verdad. Pero, ¿qué si él se echaba atrás?
Día tras día Amanda esperaba la noticia de que hubieran finalizado los trámites de la adopción. Un día llegó de la escuela a casa y vio el auto de Mauricio frente a la casa, más temprano que de costumbre. Cuando entró, la esperaban Mauricio y mamá. Mauricio se puso de pie y dijo:
—Hoy llegaron los documentos de adopción, Amanda.
Los ojos se le llenaron de lágrimas al agregar:
—Ahora soy tu papá.
Amanda se le abalanzó para darle un enorme abrazo:
—Gracias por elegirme a mí —dijo en medio de sus propias lágrimas—. Gracias, gracias… papá.
Mauricio había tomado un paso único para demostrar su cariño por Amanda y su deseo de ser su padre, oficializando su relación por medio de la adopción. Cuando Dios nos hace sus hijos, hace lo mismo. Nos adopta. Hace que nuestra relación en su familia sea permanente. Somos sus hijos e hijas para siempre.
Si has aceptado a Jesús como tu Salvador, eres parte de la familia de Dios. Nunca te tienes que preocupar de tu relación con tu Padre celestial. Él nunca te abandonará. Los trámites de los documentos de adopción han finalizado. Él es tu Papá.
jueves, 10 de enero de 2013
Un único camino Jesucristo
Te amo tal como eres antes de que me pidas perdón yo ya te he perdonado con Amor Eterno te he amado Jesús
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